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jueves, 2 de julio de 2009

Citas - Filosofía

Es sorprendente ver cúantas disputas filosóficas se revelan insignificantes en cuanto se las somete a la sencilla prueba de localizar una consecuencia concreta. No puede haber una diferencia en algún lugar que no tenga consecuencias en otro distinto - no puede haber una diferencia en una verdad abstracta que no se exprese en otra diferencia en un hecho concreto y en la conducta correspondiente de alguien, en alguna manera, en algún lugar y en algún momento.
- William James, 'Pragmatismo'


La razón humana tiene el destino singular, en uno de sus campos de conocimiento, de hallarse acosada por cuestiones que no puede rechazar por ser planteadas por la misma naturaleza de la razón, pero a las que tampoco puede responder por sobrepasar todas sus facultades.
- Kant


Se dice demasiado poco de la naturaleza y de su facultad en los productos organizados cuando se la llama un 'análogo del arte', pues entonces se piensa el artista (ser racional) fuera de ella; más bien se organiza a sí misma en cada especie de sus productos organizados ...
- Kant


Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes cuanto más reiterada y persistentemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado que está sobre mí y la ley moral que hay en mí.
- Kant


La metafisica es la ciencia que trata de los errores fundamentales del hombre, pero como si fueran verdades fundamentales.
- F. Nietzsche


Atacar a otra persona porque dice tonterías es como encontrarte a tu enemigo mortal ahogándose en arenas movedizas y saltar sobre él blandiendo un cuchillo.
– Karl Popper


Millares de causas no consiguen que exista lo que no existe. La nada no puede conseguir ser el nacimiento de algo.


Admitamos lo que todos los idealistas admiten: el carácter alucinatorio del mundo. Hagamos lo que ningún idealista ha hecho: busquemos irrealidades que confirmen ese carácter
- Jorge Luis Borges


Nuestra responsabilidad [como intelectuales] está en escribir honestamente sobre las cosas que uno sabe y hacerlo lo mejor posible.
- Carmen Iglesias, historiadora y académica


Las clases de Gilles Deleuze fueron para mí una revelación. Aunque él no lo supiera, fue mi maestro. Daba clases en un aula repleta de gente con señoras mayores, jóvenes de instituto, profesores de filosofía, artistas y músicos que permanecían de pie o se sentaban en el suelo sin poder moverse. En ese ambiente Deleuze sacaba un papelito, lo ponía sobre la mesa y hacía que el texto interpelara a la gente. A través de las cuestiones que planteaba nos ofrecía una lectura apasionante a la que intentaba engancharnos; demostraba que la filosofía le entra a cualquiera desde cualquier sitio y que para entenderla no hay que saber lo de antes ni lo de después, porque a las cosas se entra por en medio. Aconsejaba que si empiezas a leer algo y a las dos páginas no te interesa lo que tienes que hacer es dejarlo, lo cual era un planteamiento revolucionario. Deleuze me entusiasmó y me enseñó a establecer un contacto con el texto, a llevarme sorpresas con un texto de filosofía, algo insólito en España. Aquí muchos creen que antes de leer un texto ya saben lo que dice. Como han estudiado a su autor se limitan a hacer una labor de reconocimiento... Con la convicción de que el texto sólo dice una cosa, la misma cosa para todos. Claro, así nunca se pueden llevar sorpresas. La manera de leer de Deleuze no te aburre en la vida.
- Maite Larrauri, profesora de Filosofía


Un profesor puede mostrar racionalidad en la relación con los demás y enseñar a su alumnado a introducir esa racionalidad; cualquier profesor puede mostrar que los conflictos se pueden resolver por una vía racional. En ese sentido está educando pero no está enseñando filosofía. La frontera está en los textos. La filosofía es lo que la tradición ha escrito en libros que se conocen como libros de filosofía, lo que en una librería se encuentra bajo el epígrafe ‘filosofía’. Todo pensamiento hecho a partir de los textos de filosofía es filosófico. Y para comprender la filosofía los alumnos han de ser un poco mayores. ¿Se puede hacer algo para que se hagan mayores? Ese es un objetivo que ellos han de conseguir por cuenta propia. Para empezar, deberían escuchar al menos un telediario al día, estar en el mundo y creerse de verdad que son mayores. Si no hacen eso yo no puedo enseñarles filosofía. Y eso es imposible alcanzarlo con 14 años.
- Maite Larrauri, profesora de Filosofía


Podía haber probado otras, pero elegí esta profesión porque comprobé lo feliz que me hace la experiencia de conocer una nueva verdad.
- Descartes, 'Discurso del Método', segunda parte


El peligroso final del humanismo literario como utopía de la formación humana mediante el escrito y mediante la lectura, que educa al hombre en la paciencia, la contención del juicio y la actitud de oídos abiertos.
- P. Sloterdijk, 'Normas para el parque humano'


Las convicciones son cárceles
- F. W. Nietzsche


Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado
- F. W. Nietzsche


Quien piensa el ser puro, el ser como es, piensa, en efecto, la pura nada.
- Antonio Machado


Los escritores deberían crear un modelo de pensamiento libre y un modelo de sentir libre para sustituir a las ideologías rivales en el mundo, para procurar la ideología de la no ideología, incluída la religión, que es una construcción humana que envenena toda relación con la vida y con la muerte.
- Martin Amis


Creer únicamente lo demostrable, ¡qué locura!
- Fernando Arrabal


...los leones que se identifican con la creencia de que el conformismo es gris sobre gris y de que al anticonformismo lo realzan miles de colores, como señala Wittgenstein
- Fernando Arrabal


La presencia de 'otro', de un amigo, es una condición para el ejercicio del pensamiento.
- Deleuze y Guattari


Sin Andalucía... ¿habría andaluces?
- Fernando Arrabal


Infierno: Obligada etapa subterránea en el camino hacia el apoteosis
- Fernando Arrabal


El hombre razonable se adapta al mundo.
El irrazonable intenta adaptar el mundo a sí mismo.
Así pues, el progreso depende del hombre irrazonable.
- George Bernard Shaw

Que ese cielo azul, que todos vemos,
ni es cielo, ni es azul.
- Alberto Routy

Por lo regular, sólo vemos lo que queremos ver;
tan es así, que a veces lo vemos donde no está.
- Eric Hopper

También en el pensar hay un tiempo de sembrar y un tiempo de cosechar
Sólo cuando se piensa mucho más locamente que los filósofos se pueden resolver sus problemas.
Carlomagno trató inútilmente de aprender a escribir ya mayor: así también alguien puede aspirar inutilmente a aprender un modo de pensar. Nunca le resultará familiar.
Baja siempre de las frías cumbres de la prudencia a los verdes valles de la tontería.
- Ludwig Wittgenstein

La coacción sólo puede reducirse a un mínimo si cabe confiar en que de modo habitual los individuos se conformarán voluntariamente a ciertos principios. Existe cierta ventaja en no imponer coactivamente la obediencia a tales reglas, no sólo porque la coacción sea en sí misma mala, sino porque a menudo es deseable que las reglas se observen únicamente en la mayoría de los casos, y que el individuo pueda transgredirlas cuando juzgue que vale la pena incurrir en el rechazo suscitado por ello. También es importante que la fuerzzza de la presión social y la fuerza del hábito que aseguran su observancia sean variables. Es esta flexibilidad de las reglas voluntarias lo que en el campo de la moral hace posible la evolución gradual y el crecimiento espontáneo, cosa que permite a la experiencia posterior conducir a modificaciones y mejoras.
- F. A. Hayek

De joven escribía versitos y era tan irrespetuoso como todos los jóvenes. Creía que las cosas eran simples, pero lo único simple es la juventud misma (...) Frente a lo que dice el discurso oficial, la libertad consiste en carecer de identidad, y no en tener una y defenderla.
- Félix de Azúa

«New Age»: Seudofilosofía esotérica y autocomplaciente del pensamiento moderno. Música, moda marciana, literatura 'light' de tipos mirándose el ombligo y disertando sobre la tragedia de la cultura. Textos filosóficos, cínicos y hasta prácticos, que abusan de una terminología seudocientífica que epata a los más analfabetos; una crítica de arte tan risible como incomprensible...
- Beatriz Pottecher

Si no se espera, no se encontrará lo inesperado, pues el sendero que a ello conduce es inaccesible.
Para Dios todo es bello, bueno y justo; los hombres, en cambio, consideran unas cosas injustas y otras justas.
- Heráclito de Éfeso

La libertad no es la elección entre dos acciones, sino una actitud de todo el ser por la que éste se elige a sí mismo.
- L. Lavelle

El núcleo de nuestra libertad es el control de las posibilidades futuras que se nos abren.
- J. Dewey

Una capacidad de selección entre una abundancia de referencias. Es lo que se ha dado en llamar eclecticismo. Característica de la "Generación X".


Creo que el cinismo se ha confundido con la estupidez. Yo hablo de la honesta defensa de uno mismo, no del cinismo a ultranza: "yo soy una persona...", esta es la peor manera de empezar una frase. Es como emiezan las frases todos los estúpidos. Quiero decir que en mi caso llevo a ultranza la defensa de mis ideologías, de las que sean en cada momento. Creo que en la Generación X hay hay mucha gente que ha hecho bandera de la indolencia y de la estupidez, y esto ha dado lugar a lo que se ha denominado "cinismo generacional". Mi caso es muy combativo, algo que escribí en mi juventud es que "si otro país invadiera el mío tendría que llegar a mi lata de cerveza para que empezara a preocuparme". Y sigo pensándolo, no creo en nada que sea más grande que mi propia gente. Si tengo que defenderme de una invasión será de la de mi propio mundo, no la del que me han inventado, mi nación, mi continente... Todo eso me importa una puñeta. Si eso es ser cínico, soy cínico. Pero si se trata de defender tu propio Estado, el de ti mismo y tu gente, creo que eso es el anticinismo.
- Ray Loriga (Ajoblanco nº 118, mayo 1999)

Mi fuerza es no haberle encontrado respuesta a nada.
- E. M. Cioran

La filosofía es idealmente lo contrario de la noticia, de la erudición.
- J. Ortega y Gasset, 'Meditaciones del Quijote'

No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de razas son parientes de los de la Inquisición o la Reforma [...] Un ser poseído por la creencia y que no buscase comunicársela a otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la salvación vuelve la vida irrespirable.
- Cioran, 1949

La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda.
- Voltaire

Comenzar bien no es poco, pero tampoco es mucho
-Sócrates

Sólo la verdad es revolucionaria
- Yves Montand

El mundo de la duda es un paisaje marino e inspira al hombre presunciones de naufragio
- Ortega y Gasset

Sólo hay un bien, el conocimiento. Solo hay un mal, la ignorancia
- Sócrates

No llorar, no indignarse, sino comprender
- Spinoza

Reflexionar es reconocer cierta imposibilidad. Meditar es dar carta de nobleza a este reconocimiento.
- Émile M. Cioran

Los científicos deberían citar siempre la opinión sobre la que se basan sus hechos.
- Anónimo

No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho.
- Séneca

Ni la contradicción es indicio de falsedad, ni la falta de contradicción es indicio de verdad.
- Blaise Pascal

El erotismo es uno de los instrumentos de la libertad, pues contiene un principio hostil a la sociedad.
- Daniel Guerin

La verdad debe pasar de contrabando, ser difundida por migajas, una gota aquí, otra gota allá, para que las personas se habitúen a ella. Y no así, de su golpe.
- Karel Capek

Aunque no sea exacto lo que decía Kant: "No se aprende filosofía, sólo se aprende a filosofar", resulta absolutamente cierto que sólo se aprende filosofía poniéndose a filosofar.
- Xavier Zubiri

Schopenhauer quizá tiene razón: yo soy los otros, no importa qué hombre es todos los hombres.
- Jorge Luis Borges

Nuestra memoria no es más que una imagen de la realidad, por lo que nuestra realidad es sólo nuestra imaginación.
- Michael Ende

Nunca se ha podido, con ayuda de las palabras, expresar todo lo que ocultan las palabras.
- Eugène Ionesco

La gente cree que es libre en ausencia de controles externos. pero sin embargo es prisionera de una forma de dominación más profunda e insidiosa: tiene una sola manera de mirar el mundo.
- Bill O'Brian

Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es.
- Jean Paul Sartre

Es curioso ver cómo a medida que las libertades teóricas aumentan, las libertades prácticas disminuyen.
- Luis Antonio de Villena

La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación
- Immanuel Kant

En la naturaleza, no hay castigos ni premios, sólo consecuencias
- Proverbio Chino

Ves cosas y dices, '¿Por qué?'. Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, '¿Por qué no?'
- George Bernard Shaw

...una mejor solución sería cuestionar el ideal griego y preguntarnos si una vida que transcurra en armonía con la razón debe significar una vida sin emoción y sin poner atención al cuerpo.
- Helen Buss Mitchell, "Raíces de la Sabiduría"

No sólo no hay Dios, sino que ¡intenta encontrar un fontanero en fin de semana!
- Woody Allen

Un idealista es un hombre que, partiendo de que una rosa huele mejor que una col, deduce que una sopa de rosas tendría también mejor sabor
- Ernest Hemingway

Probablemente una de las maneras más veraces de definir la virtud de los clásicos sea diciendo que siempre son oportunos. Lo que no significa que todos lo sean en la misma medida, o de idéntica forma. Hay oportunidades que se perciben como más adecuadas al momento que otras.
- Manuel Cruz

Es la existencia la que determina la conciencia, y no al revés
- Karl Marx

Los genuinos problemas filosóficos siempre están arraigados en problemas urgentes fuera de la filosofía y mueren si estas raíces se secan.
- Karl R. Popper

lunes, 24 de noviembre de 2008

Umberto Eco - El fascismo eterno (1)

El fascismo fue, sin lugar a dudas, una dictadura, pero no era cabalmente totalitario, no tanto por su tibieza, como por la debilidad filosófica de su ideología. Al contrario de lo que se puede pensar, el fascismo italiano no tenía una filosofía propia: tenía sólo una retórica. La prioridad histórica no me parece una razón suficiente para explicar por qué la palabra «fascismo» se convirtió en una sinécdoque, en una denominación pars pro toto para movimientos totalitarios diferentes. No vale decir que el fascismo contenía en sí todos los elementos de los totalitarismos sucesivos, digamos que «en estado quintaesencial». Al contrario, el fascismo no poseía ninguna quintaesencia, y ni tan siquiera una sola esencia. El fascismo era un totalitarismo fuzzy. No era una ideología monolítica, sino, más bien, un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones.

El término fascismo se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre podremos reconocerlo como fascista. A pesar de esta confusión, considero que es posible indicar una lista de características típicas de lo que me gustaría denominar Ur-Fascismo, o fascismo eterno. Tales características no pueden quedar encuadradas en un sistema; muchas se contradicen mutuamente, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista.

1. Culto de la tradición, de los saberes arcaicos, de la revelación recibida en el alba de la historia humana encomendada a los jeroglíficos egipcios, a las runas de los celtas, a los textos sagrados, aún desconocidos, de algunas religiones asiáticas. Cultura sincrética, que debe tolerar todas las contradicciones. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a los principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos. La fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana, Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sión, la alquimia con el Sacro Imperio Romano. Si curiosean ustedes en los estantes que en las librerías americanas llevan la indicación New Age, encontrarán incluso a San Agustín, el cual, por lo que me parece, no era fascista. Pero el hecho mismo de juntar a San Agustín con Stonehenge, esto es un síntoma de Ur-Fascismo.

2. Rechazo del modernismo. La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como irracionalismo.

3. Culto de la acción por la acción. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas.

4. Rechazo del pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.

5. Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Ur-Fascismo es, pues, racista por definición.

6. Llamamiento a las clases medias frustradas. En nuestra época el fascismo encontrará su público en esta nueva mayoría.

7. Nacionalismo y xenofobia. Obsesión por el complot.

8. Envidia y miedo al "enemigo".

9. Principio de guerra permanente, antipacifismo.

10. Elitismo, desprecio por los débiles.

11. Heroismo, culto a la muerte.

12. Transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales. Machismo, odio al sexo no conformista. Transferencia del sexo al juego de las armas.

13. Populismo cualitativo, oposición a los podridos gobiernos parlamentarios. Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la voz del pueblo, podemos percibir olor de Ur-Fascismo.

14. Neolengua. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. Pero debemos estar preparados para identificar otras formas de neolengua, incluso cuando adoptan la forma inocente de un popular reality-show.


El Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo.


Umberto Eco, Cinco escritos morales

Umberto Eco - El péndulo de Foucault (3)

Sin embargo, el viaje me había dejado otras huellas, y ahora me parece inquietante que entonces no me hubieran inquietado. Estaba fijando el orden definitivo, capítulo por capítulo, de las imágenes para la historia de los metales, y ya no lograba eludir al demonio de la semejanza, como ya me había sucedido en Río (...)

Me resultaba cada vez más difícil desligar el mundo de la magia de lo que hoy llamamos el universo de la precisión. Personajes que en la escuela me habían señalado como portadores de la luz matemática y física en medio de las tinieblas de la superstición se me revelaban como gente que había trabajado con un pie en la Cábala y otro en el laboratorio. ¿No estaría releyendo toda la historia con los ojos de nuestros diabólicos? Pero después encontraba textos absolutamente fiables donde se decía que los físicos positivistas, apenas trasponían el umbral de la universidad, iban a chapucear en sesiones de espiritismo y cenáculos astrológicos, y que Newton había descubierto la ley de la gravitación universal porque creía en la existencia de fuerzas ocultas (recordaba sus incursiones en la cosmología rosacruciana).

Había convertido la incredulidad en un deber científico, y ahora tenía que desconfiar incluso de los maestros que me habían enseñado a ser incrédulo.

Pensé: soy como Amparo, no creo pero me dejo atrapar. Y me sorprendía reflexionando sobre el hecho de que al fin y al cabo la altura de la gran pirámide era realmente una milmillonésima parte de la distancia entre la Tierra y el Sol, o de que realmente se podían trazar analogías entre la mitología céltica y la mitología amerindia. Y estaba empezando a interrogar a todo lo que había a mi alrededor, las casas, los rótulos de las tiendas, las nubes en el cielo y los grabados que veía en las bibliotecas, no para que me contasen su historia, sino la otra, que ciertamente ocultaban, pero que acababan revelando a causa y en virtud de sus misteriosas semejanzas.

Me salvó Lia, al menos momentáneamente.

- Pim -me dijo-, no me gusta la forma en que te estás tomando la historia de Manuzio. Antes recopilabas datos como quien recoge conchas. Ahora parece que te apuntes los números de la lotería.

- Es porque con éstos me divierto más.

- No te diviertes, te apasionas, no es lo mismo. Ten cuidado, porque con éstos puedes llegar a enfermar.

- No exageres también tú. A lo sumo los enfermos son ellos... Uno no se vuelve loco porque trabaje de enfermero en un manicomio.

- Eso habría que probarlo.

- Sabes que siempre he desconfiado de las analogías. Y ahora me encuentro en medio de una fiesta de analogías, una Coney Island, un Primero de Mayo en Moscú, un Año Santo de analogías, veo que algunas son mejores que otras y me pregunto si por azar no existirá alguna explicación.

- Pim -dijo Lia-, he visto tus fichas, porque tengo que volver a ordenarlas. Cualquier descubrimiento que puedan hacer tus diabólicos ya está aquí, fíjate.

Y se daba palmadas en el vientre, en las caderas, en los muslos y en la frente.

- Pim, los arquetipos no existen, sólo existe el cuerpo (...) En resumidas cuentas, estamos hechos así, con este cuerpo, todos, y por eso producimos los mismos símbolos a millones de kilómetros de distancia y necesariamente todo se parece, y ahora piensa que a las personas con algo en la cabeza el hornillo del alquimista, todo cerrado y caliente por dentro, las recuerda la barriga de la mamá que fabrica los nenes, sólo tus diabólicos ven a la Virgen que va a parir al niño y piensan que es una alusión al hornillo del alquimista. Así se han pasado miles de años buscando un mensaje, y todo estaba ahí, bastaba con que se miraran en el espejo (...)

»Vuestro plan no tiene nada de poético. Es grotesco. La gente no piensa en volver a quemar Troya porque ha leído a Homero. Gracias a él el incendio de Troya se convirtió en algo que nunca ha sido, ni será jamás, pero que sin embargo existirá eternamente. Tiene tantos sentidos porque todo está claro, límpido. En cambio, tus manifiestos de los rosacruces no eran ni diáfanos ni límpidos, eran meros borborigmos y prometían un secreto. Por eso tantos intentaron convertirlos en realidad, y cada uno ha visto en ellos lo que quería. En Homero no hay ningún secreto. Vuestro plan está lleno de secretos, porque está lleno de contradicciones. Por eso podríais encontrar millares de pusilánimes dispuestos a reconocerse en él. Tiradlo a la basura. Homero no simuló nada. Vosotros habéis simulado. Cuidado con las simulaciones, todo el mundo se las toma en serio. La gente no creyó a Semmelweis cuando trataba de convencer a los médicos de que se lavaran las manos antes de tocar a las parturientas. Decía cosas demasiado simples. La gente cree al que le vende la loción para curar la calvicie. Algo les dice que ese individuo combina verdades que no se pueden combinar, que no razona correctamente ni tiene buena fe. Pero toda la vida han oído decir que Dios es complejo, e insondable, de modo que para ellos la incoherencia es lo que más se parece a la naturaleza divina. Lo inverosímil es lo que más se parece al milagro. Habéis inventado una loción de esas que curan la calvicie. No me gusta, es un juego feo.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Umberto Eco - El péndulo de Foucault (2)

- Siéntese, Casaubon, aquí tiene los proyectos de nuestra historia de los metales.

Nos quedamos solos y Belbo me mostró unos índices, esbozos de capítulos, esquemas de diagramación. Mi tarea consistiría en leer los textos y buscar las ilustraciones. Mencioné algunas bibliotecas de Milán que me parecían bien provistas.

- No será suficiente -dijo Belbo-. Habrá que ir a otros sitios. Por ejemplo, en el Museo de la Ciencia de Munich hay una fototeca maravillosa. En París está el Conservatoire des Arts et Métiers. Me gustaría volver a visitarlo, si tuviese tiempo.

- ¿Bonito?

- Inquietante. El triunfo de la máquina en una iglesia gótica... -Vaciló, ordenó unos papeles que había en el escritorio. Después, como temiendo dar demasiada importancia a su anuncio, dijo-: Allí está el Péndulo.

- ¿Qué péndulo?

- El Péndulo. Se llama péndulo de Foucault.

Me explicó cómo es el Péndulo, tal como lo he visto este sábado, y quizá lo haya visto así este sábado porque Belbo me había preparado para la visión. En aquel momento no debí de demostrar demasiado entusiasmo, y Belbo me miró como a alguien que ante la Capilla Sixtina pregunta si eso es todo.

- Quizá sea la atmósfera de la iglesia, pero le aseguro que la impresión es muy intensa. La idea de que todo se mueve y de que sólo allí arriba está el único punto quieto del universo... Para el que no tiene fe es un modo de reencontrar a Dios, y sin poner en tela de juicio la propia falta de fe, porque se trata de un Polo Cero. Mire usted, para la gente de mi generación, que en la vida sólo ha conocido decepciones, puede ser un consuelo.

- Más decepciones ha conocido la mía.

- Presuntuoso. No, para ustedes sólo ha sido una temporada, han cantado la Carmañola y después se han encontrado en la Vandée. Pasará pronto. Para nosotros ha sido distinto. Primero el fascismo, aunque lo hayamos vivido de niños, como una novela de aventuras, pero el destino inmortal era un punto quieto. Después el punto quieto de la resistencia, sobre todo para quienes, como yo, la miramos desde fuera, y la convertimos en un mito de regeneración, el retorno de la primavera, un equinoccio, o un solsticio, siempre los confundo... Después, para algunos Dios y para otros la clase obrera, y para muchos las dos cosas. Era un consuelo para el intelectual pensar que allí estaba el obrero, hermoso, sano, fuerte, dispuesto a rehacer el mundo. Y después, eso también lo han visto ustedes, el obrero seguía allí, pero la clase había desaparecido. Deben de haberla matado en Hungría. Y entonces llegaron ustedes. Para usted quizá haya sido natural, una especie de fiesta. Para los de mi edad, no: era la hora de la verdad, el remordimiento, el arrepentimiento, la redención. Nosotros habíamos fracasado, pero llegaban ustedes trayendo el entusiasmo, el valor, la autocrítica. Para nosotros, que entonces teníamos treinta y cinco o cuarenta años, fue una esperanza, humillante, pero esperanza. Teníamos que volver a ser como ustedes, aun a costa de volver a empezar desde el principio. Dejamos de usar corbata, nos deshicimos de la gabardina y nos compramos una trenca usada, algunos renunciaron al empleo para no seguir sirviendo a los patronos...

Encendió un pitillo y fingió estar fingiendo rencor, para hacerse perdonar su desahogo.

- ... y ustedes han cedido en todos los frentes. Nosotros, que peregrinábamos en acto de penitencia a las catacumbas ardeatinas, nos negábamos a inventar lemas para la Coca-Cola, porque éramos antifascistas. Nos contentábamos con lo poco que nos pagaban en [la editorial] Garamond, porque el libro al menos es democrático. Y ahora ustedes, para vengarse de los burgueses que no han conseguido ahorcar, les venden videocassettes y fanzines, y acaban de idiotizarles con el zen y la reparación de la motocicleta. Nos han obligado a adquirir a precio de suscripción su copia de los pensamientos de Mao y con el dinero se han comprado los petardos para las fiestas de la nueva creatividad. Sin avergonzarse. Nosotros nos hemos pasado la vida avergonzándonos. Nos han engañado, no representaban ninguna pureza, sólo era acné juvenil. Nos han hecho sentir como gusanos porque no teníamos valor para enfrentarnos a cara descubierta con la gendarmería boliviana, y después han disparado por la espalda a unos desgraciados que pasaban por la calle. Hace diez años llegamos a mentir para sacarles de la cárcel, y ustedes han mentido para enviar a la cárcel a sus amigos. Por eso me gusta esta máquina [el ordenador]: es estúpida, no cree, no me hace creer, hace lo que le digo, estúpido yo, estúpida ella; o él. Es una relación honesta.

- Yo...

- Usted, Casaubon, es inocente. En vez de arrojar piedras, se ha escapado, ha hecho su tesis, no ha disparado. Y sin embargo hace unos años me sentía cohibido también por usted. Atención, no es nada personal. Son ciclos generacionales. Y cuando el año pasado vi el Péndulo, lo entendí todo.

- ¿Todo qué?

- Casi todo. Mire, Casaubon, también el Péndulo es un falso profeta. Usted lo mira, cree que es el único punto quieto del cosmos, pero si lo quita de la bóveda del Conservatoire y lo cuelga en un burdel funciona igual. Hay otros péndulos, uno en Nueva York, en el edificio de las Naciones Unidas, otro en San Francisco, en el Museo de la Ciencia, y quién sabe cuántos más. El péndulo de Foucault está quieto y la Tierra gira a sus pies dondequiera que esté instalado. Todo punto del universo es un punto quieto, basta con colgarle el Péndulo.

- ¿Dios está en todas partes?

- En cierto sentido, sí. Por eso el Péndulo me perturba. Me promete el infinito, pero me deja a mí la responsabilidad de decidir dónde quiero tenerlo. De manera que no basta con adorar el Péndulo donde está, sino que hay que tomar una decisión, buscar el mejor punto. Sin embargo...

- ¿Sin embargo qué?

- Sin embargo... ¿no me estará tomando en serio, verdad, Casaubon? No, puedo estar tranquilo, somos gente que no toma en serio... Sin embargo, decía, uno siente que en la vida ha colgado el Péndulo en muchas partes y nunca ha funcionado, mientras que allí, en el Conservatoire, funciona perfectamente... ¿Y si en el universo existieran puntos privilegiados? ¿Aquí mismo, encima del cielo raso de esta habitación? No, nadie lo creería. Tiene que haber ambiente. No sé, quizá siempre estemos buscando el punto justo, quizá esté junto a nosotros, pero no sabemos reconocerlo, y para reconocerlo sería necesario creer en él... En fin, vayamos al despacho del señor Garamond.

- ¿A colgar el Péndulo?

- ¡Oh, maravillosa estulticia! Vamos a ocuparnos de cosas serias. Para poder pagarle es necesario que el amo le vea, le toque, le olfatee, y dé su visto bueno. Venga a dejarse tocar por el amo, su toque cura la escrófula.

Umberto Eco - El péndulo de Foucault (1)

En el mundo están los cretinos, los imbéciles, los estúpidos y los locos. En suma todo el mundo, si se mira bien, participa de alguna de esas categorías. Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales.

¿Cómo es el genio, Einstein, por ejemplo? El genio es el que pone en juego uno de esos componentes de manera vertiginosa, alimentándolo con los demás.

El cretino ni siquiera habla, babea, es espástico. Se aplasta el helado contra la frente, no puede ni coordinar los movimientos. Entra en la puerta giratoria por el lado opuesto.

Ser imbécil ya es más complicado. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso. Quiere hablar de lo que hay en el vaso, pero, esto por aquí, esto por allá, habla fuera. O si lo prefiere, es el que siempre mete la pata, el que le pregunta cómo está su bella esposa al individuo que acaba de ser abandonado por la mujer.

El imbécil está muy solicitado, sobre todo en las reuniones mundanas. Incomoda a todos, pero les proporciona temas de conversación. En su versión positiva llega a ser diplomático. Habla fuera del vaso cuando otros han metido la pata, consigue cambiar de tema. Pero a nosotros [las editoriales] no nos interesa, no es nunca creativo, trabaja de prestado, de manera que no presenta manuscritos.

El imbécil no dice que el gato ladra, habla del gato cuando los demás hablan del perro. Confunde las reglas de conversación, y cuando las confunde bien es sublime. Creo que es una raza en extinción, un portador de virtudes eminentemente burguesas. Necesita un salón Verdurin, o mejor, Guermantes.

El estúpido no se equivoca de comportamiento. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran. O que todos los atenienses son mortales, todos los habitantes del Pireo son mortales, de modo que todos los habitantes del Pireo son atenienses. Y lo son, pero de pura casualidad. El estúpido incluso puede decir algo correcto, pero por razones equivocadas.

Se pueden decir cosas equivocadas, con tal que las razones sean correctas. ¿Si no por qué tomarse tanto trabajo para ser animales racionales?

Ya estamos en el umbral en el que sospechamos que algo no funciona, pero es necesario un esfuerzo para demostrar qué es lo que no cuadra y por qué. El estúpido es muy insidioso. Al imbécil se le reconoce en seguida (y al cretino ni qué decir), mientras que el estúpido razona casi como uno, sólo que con una desviación infinitesimal. Es un maestro del paralogismo. Se publican muchos libros escritos por estúpidos, porque a primera vista son muy convincentes.

El argumento ontológico de San Anselmo es estúpido. Dios tiene que existir porque puedo pensarlo como el ser dotado de todas las perfecciones, incluida la existencia. Confunde la existencia en el pensamiento con la existencia en la realidad. Pero también es estúpida la refutación de Gaunilo. Puedo pensar en una isla en el mar aunque esa isla no exista. Confunde el pensamiento de lo contingente con el pensamiento de lo necesario. Una batalla entre estúpidos. Claro, y Dios se divierte como un loco.

Pues sí, la estupidez nos rodea. Y quizá para un sistema lógico diferente nuestra estupidez sea sabiduría. Toda la historia de la lógica es un intento por definir una noción aceptable de estupidez. Demasiado ambicioso. Todo gran pensador es el estúpido de otro. ¿El pensamiento como forma coherente de estupidez? No. La estupidez de un pensamiento es la incoherencia de otro pensamiento.

Al loco se le reconoce en seguida. Es un estúpido que no conoce los subterfugios. El estúpido trata de demostrar su tesis, tiene una lógica, cojeante, pero lógica es. En cambio, el loco no se preocupa por tener una lógica, avanza por cortocircuitos. Para él, todo demuestra todo. El loco tiene una idea fija, y todo lo que encuentra le sirve para confirmarla. Al loco se le reconoce porque se salta a la torera la obligación de probar lo que se dice; porque siempre está dispuesto a recibir revelaciones.

Umberto Eco - El nombre de la rosa (3)

Junto a un trozo de pared encontré un armario, por milagro aún en pie, y que, no sé cómo, había sobrevivido al fuego para pudrirse luego por la acción del agua y los insectos. En el interior, quedaban todavía algunos folios. Encontré otros jirones hurgando entre las ruinas de abajo. Pobre cosecha fue la mía, pero pasé todo un día recogiéndola, como si en aquellos disiecta membra de la biblioteca me estuviese esperando algún mensaje. Algunos jirones de pergamino estaban descoloridos, otros dejaban adivinar la sombra de una imagen, y cada tanto el fantasma de una o varias palabras. A veces encontré folios donde podían leerse oraciones enteras; con mayor frecuencia encuadernaciones aún intactas, protegidas por lo que habían sido tachones de metal... Larvas de libros, aparentemente todavía sanas por fuera pero devoradas por dentro; sin embargo, a veces se había salvado medio folio, podía adivinarse un incipit, un título...

Recogí todas las reliquias que pude encontrar, y las metí en dos sacos de viaje, abandonando cosas que me eran útiles con tal de salvar aquel mísero tesoro.

Durante mi viaje de regreso a Melk pasé muchísimas horas tratando de descifrar aquellos vestigios. A menudo una palabra o una imagen superviviente me permitieron reconocer la obra en cuestión. Cuando, con el tiempo, encontré otras copias de aquellos libros, los estudié con amor, como si el destino me hubiese dejado aquella herencia, como si el hecho de haber localizado la copia destruida hubiese sido un claro signo del cielo cuyo sentido era tolle et lege. Al final de mi paciente reconstrucción, llegué a componer una especie de biblioteca menor, signo de la mayor, que había desaparecido..., una biblioteca hecha de fragmentos, citas, períodos incompletos, muñones de libros.



Cuanto más releo esta lista, más me convenzo de que es producto del azar y no contiene mensaje alguno. Pero esas páginas incompletas me han acompañado durante toda la vida que desde entonces me ha sido dado vivir, las he consultado a menudo como un oráculo, y tengo casi la impresión de que lo que he escrito en estos folios, y que ahora tú, lector desconocido, leerás, no es más que un centón, un carmen figurado, un inmenso acróstico que no dice ni repite otra cosa que lo que aquellos fragmentos me han sugerido, como tampoco sé ya si el que ha hablado hasta ahora he sido yo o, en cambio, han sido ellos los que han hablado por mi boca. Pero en cualquier caso, cuanto más releo la historia que de ello ha resultado, menos sé si ésta contiene o no una trama distinguible de la mera sucesión natural de los acontecimientos y de los momentos que los relacionan entre sí. Y es duro para este viejo monje, ya en el umbral de la muerte, no saber si la letra que ha escrito contiene o no algún sentido oculto, ni si contiene más de uno, o muchos, o ninguno.

Umberto Eco - El nombre de la rosa (2)

- Era la mayor biblioteca de la cristiandad -dijo Guillermo-. Ahora -añadió-, es verdad que está cerca el Anticristo, porque ningún saber impedirá ya su llegada. Por otra parte, esta noche hemos visto su rostro.

- ¿El rostro de quién? -pregunté desconcertado.

- Hablo de Jorge. En ese rostro devastado por el odio hacia la filosofía he visto por primera vez el retrato del Anticristo, que no viene de la tribu de Judas, como afirman los que anuncian su llegada, ni de ningún país lejano. El Anticristo puede nacer de la misma piedad, del excesivo amor por Dios o por la verdad, así como el hereje nace del santo y el endemoniado del vidente. Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia. Jorge ha realizado una obra diabólica, porque era tal la lujuria con que amaba su verdad, que se atrevió a todo para destruir la mentira. Tenía miedo del segundo libro de Aristóteles, porque tal vez éste enseñase realmente a deformar el rostro de toda verdad, para que no nos convirtiésemos en esclavos de nuestros fantasmas. Quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que éstos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad.

- Pero maestro -me atreví a decir afligido-, ahora habláis así porque os sentís herido en lo más hondo. Sin embargo, existe una verdad, la que habéis descubierto esta noche, la que encontrasteis interpretando las huellas que habíais leído durante los días anteriores. Jorge ha vencido, pero vos habéis vencido a Jorge, porque habéis puesto en evidencia su trama...

- No había tal trama -dijo Guillermo-, y la he descubierto por equivocación.

La afirmación era contradictoria, y no comprendí si Guillermo quería realmente que lo fuese.

- Pero era verdad que las pisadas en la nieve remitían a Brunello -dije-, era verdad que Adelmo se había suicidado, era verdad que Venancio no se había ahogado en la tinaja, era verdad que el laberinto estaba organizado como lo habéis imaginado vos, era verdad que se entraba en el finis Africae tocando la palabra quatuor, era verdad que el libro misterioso era de Aristóteles... Podría seguir enumerando todas las verdades que habéis descubierto valiéndoos de vuestra ciencia...

- Nunca he dudado de la verdad de los signos, Adso, son lo único que tiene el hombre para orientarse en el mundo. Lo que no comprendí fue la relación entre los signos. He llegado hasta Jorge siguiendo un plan apocalíptico que parecía gobernar todos los crímenes y sin embargo era casual. He llegado hasta Jorge persiguiendo el plan de una mente perversa y razonadora, y no existía plan alguno, o mejor dicho, al propio Jorge se le fue de las manos su plan inicial y después empezó una cadena de causas, de causas concomitantes, y de causas contradictorias entre sí, que procedieron por su cuenta, creando relaciones que ya no dependían de ningún plan. ¿Dónde está mi ciencia? He sido un testarudo, he perseguido un simulacro de orden, cuando debía saber muy bien que no existe orden en el universo.

- Pero, sin embargo, imaginando órdenes falsos habéis encontrado algo...

- Gracias, Adso, has dicho algo muy bello. El orden que imagina nuestra mente es como una red, o una escalera, que se construye para llegar hasta algo. Pero después hay que arrojar la escalera, porque se descubre que, aunque haya servido, carecía de sentido. Er muoz gelîchesame die Leiter abewerfen, sô Er an ir ufgestigen ist... ¿Se dice así?

- Así suena en mi lengua. ¿Quién lo ha dicho?

- Un místico de tu tierra. Lo escribió en alguna parte, ya no recuerdo dónde. Y tampoco es necesario que alguien encuentre alguna vez su manuscrito. Las únicas verdades que sirven son instrumentos que luego hay que tirar.

- No podéis reprocharos nada, habéis hecho todo lo que podíais.

- Todo lo que puede hacer un hombre, que no es mucho. Es difícil aceptar la idea de que no puede existir un orden en el universo, porque ofendería la libre voluntad de Dios y su omnipotencia. Así, la libertad de Dios es nuestra condena, o al menos la condena de nuestra soberbia.

Por primera y última vez en mi vida me atreví a extraer una conclusión teológica:

- ¿Pero cómo puede existir un ser necesario totalmente penetrado de posibilidad? ¿Qué diferencia hay entonces entre Dios y el caos primigenio? Afirmar la absoluta omnipotencia de Dios y su absoluta disponibilidad respecto de sus propias opciones, ¿no equivale a demostrar que Dios no existe?

Guillermo me miró sin que sus facciones expresaran el más mínimo sentimiento, y dijo:

- ¿Cómo podría un sabio seguir comunicando su saber si respondiese afirmativamente a tu pregunta?

No entendí el sentido de sus palabras:

- ¿Queréis decir -pregunté- que ya no habría saber posible y comunicable si faltase el criterio mismo de verdad, o bien que ya no podríais comunicar lo que sabéis porque los otros no os lo permitirían?

En aquel momento un sector del techo de los dormitorios se desplomó produciendo un estruendo enorme y lanzando una nube de chispas hacia el cielo. Una parte de las ovejas y las cabras que vagaban por la explanada pasó junto a nosotros emitiendo atroces balidos. También pasó a nuestro lado un grupo de sirvientes que gritaban, y que casi nos pisotearon.

- Hay demasiada confusión aquí -dijo Guillermo-. Non in commotione, non in commotione Dominus.

Umberto Eco - El nombre de la rosa (1)

- Adso, resolver un misterio no es como deducir a partir de primeros principios. Y tampoco es como recoger un montón de datos particulares para inferir después una ley general. Equivale más bien a encontrarse con uno, dos o tres datos particulares que al parecer no tienen nada en común, y tratar de imaginar si pueden ser otros tantos casos de una ley general que todavía no se conoce, y que quizá nunca ha sido enunciada (...) La búsqueda de las leyes explicativas, en los hechos naturales, procede por vías tortuosas. Cuando te enfrentas con unos hechos inexplicables, debes tratar de imaginar una serie de leyes generales, que aún no sabes cómo se relacionan con los hechos en cuestión. Hasta que de pronto, al descubrir determinada relación, uno de aquellos razonamientos te parece más convincente que los otros. Entonces tratas de aplicarlo a todos los casos similares, y de utilizarlo para formular previsiones, y descubres que habías acertado. Pero hasta el final no podrás saber qué predicados debes introducir en tu razonamiento, y qué otros debes descartar. Así es como estoy procediendo en el presente caso. Alineo un montón de elementos inconexos, e imagino hipótesis. Pero debo imaginar muchas, y gran parte de ellas son tan absurdas que me daría vergüenza decírtelas (...) Ahora, a propósito de los hechos ocurridos en la abadía, tengo muchas hipótesis atractivas, pero no existe ningún hecho evidente que me permita decir cuál es la mejor. Entonces, para no acabar haciendo el necio, prefiero no empezar haciendo el listo. Déjame pensar un poco más, hasta mañana, al menos.

En aquel momento comprendí cómo razonaba mi maestro, y me pareció que su método tenía poco que ver con el del filósofo que razonaba partiendo de primeros principios, y los modos de cuyo intelecto coinciden casi con los del intelecto divino. Comprendí que, cuando no tenía una respuesta, Guillermo imaginaba una multiplicidad de respuestas posibles, muy distintas unas de otras. Me quedé perplejo.

- Pero entonces -me atreví a comentar-, aún estáis lejos de la solución...

- Estoy muy cerca, pero no sé de cuál.

- O sea que no tenéis una única respuesta para vuestras preguntas...

- Si la tuviera, Adso, enseñaría teología en París.

- ¿En París siempre tienen la respuesta verdadera?

- Nunca, pero están muy seguros de sus errores.

- ¿Y vos? -dije con infantil impertinencia-. ¿Nunca cometéis errores?

- A menudo -respondió-. Pero en lugar de concebir uno solo, imagino muchos, para no convertirme en el esclavo de ninguno.

domingo, 26 de octubre de 2008

Karl Popper - Tolerancia y responsabilidad intelectual

*

Sugiero la necesidad de una nueva ética profesional, principal, pero no exclusivamente, para los científicos. Sugiero que se base en los doce principios siguientes:

  1. Nuestro saber conjetural objetivo va siempre más lejos del que una persona puede dominar. Por eso no hay ninguna autoridad. Esto rige también dentro de las especialidades.

  2. Es imposible evitar todo error o incluso tan sólo todo error en sí evitable. Los errores son continuamente cometidos por todos los científicos. La vieja idea de que se pueden evitar los errores, y de que por eso se está obligado a evitarlos, debe ser revisada: ella misma es errónea.

  3. Naturalmente sigue siendo tarea nuestra evitar errores en lo posible. Pero precisamente, para evitarlos, debemos ante todo tener bien claro cuán difícil es evitarlos y que nadie lo consigue completamente. Tampoco lo consiguen los científicos creadores, los cuales se dejan llevar de su intuición: la intuición también nos puede conducir al error.

  4. También en nuestras teorías mejor corroboradas pueden ocultarse errores, y es tarea específica de los científicos el buscarlos. La constatación de que una teoría bien corroborada o un proceder práctico muy empleado es falible puede ser un importante descubrimiento.

  5. Debemos, por tanto, modificar nuestra posición ante nuestros errores. Es aquí donde debe comenzar nuestra reforma ético-práctica. Pues la vieja posición ético-profesional lleva a encubrir nuestros errores, a ocultarlos y, así, a olvidarlos tan rápidamente como sea posible.

  6. El nuevo principio fundamental es que nosotros, para aprender a evitar en lo posible errores, debemos precisamente aprender de nuestros errores. Encubrir errores es, por tanto, el mayor pecado intelectual.

  7. Debemos, por eso, esperar siempre ansiosamente nuestros errores. Si los encontramos debemos grabarlos en la memoria: analizarlos por todos lados para llegar a su causa.

  8. La postura autocrítica y la sinceridad se tornan, en esta medida, deber.

  9. Porque debemos aprender de nuestros errores, por eso debemos también aprender a aceptar agradecidos el que otros nos hagan conscientes de ellos. Si hacemos conscientes a los otros de sus errores, entonces debemos acordarnos siempre de que nosotros mismos hemos cometido, como ellos, errores parecidos. Y debemos acordarnos de que los más grandes científicos han cometido errores. Con toda seguridad no afirmo que nuestros errores sean habitualmente perdonables: no debemos disminuir nuestra atención. Pero es humanamente inevitable cometer siempre errores.

  10. Debemos tener bien claro que necesitamos a otras personas para el descubrimiento y corrección de errores (y ellas a nosotros); especialmente personas que han crecido con otras ideas en otra atmósfera. También esto conduce a la tolerancia.

  11. Debemos aprender que la autocrítica es la mejor crítica; pero que la crítica por medio de otros es una necesidad. Es casi tan buena como la autocrítica.

  12. La crítica racional debe ser siempre específica: debe ofrecer fundamentos específicos de por qué parecen ser falsas afirmaciones específicas, hipótesis específicas o argumentos específicos no válidos. Debe ser guiada por la idea de acercarse en lo posible a la verdad objetiva. Debe, en este sentido, ser impersonal.

Les pido que consideren mis formulaciones como propuestas. Ellas deben mostrar que, también en el campo ético, se pueden hacer propuestas discutibles y mejorables.



Karl R. Popper, En busca de un mundo mejor

Isaiah Berlin - La persecución del ideal

*

[...] Después de esto empecé a leer espontáneamente al pensador alemán del siglo XVIII Johann Gottfried Herder. Vico pensaba en una sucesión de civilizaciones, Herder iba más allá y comparaba las culturas nacionales de diversos países y períodos, y afirmaba que toda sociedad tenía lo que él llamaba su centro de gravedad propio, que difería de los de los demás. Si, como él deseaba, hemos de entender las sagas escandinavas o la poesía de la Biblia, no debemos aplicarles los criterios estéticos de los críticos del París dieciochesco. La forma de vivir de los hombres, su modo de pensar, de sentir, de hablar entre ellos, las ropas que visten, las canciones que cantan, los dioses que adoran, los alimentos que comen, sus supuestos básicos, las costumbres, los hábitos que les son intrínsecos..., eso es lo que crea las comunidades, cada una de las cuales tiene su propio «estilo de vida». Las comunidades pueden parecerse entre ellas en muchos aspectos, pero los griegos difieren de los alemanes luteranos, los chinos difieren de ambos; lo que persiguen y lo que temen o adoran raras veces es similar.


A este punto de vista se le ha llamado relativismo moral o cultural; esto es lo que pensaba un gran investigador, mi amigo Arnaldo Momigliano, al que tanto admiro, de Vico y de Herder. Se equivocaba. No es relativismo. Miembros de una cultura pueden, por la fuerza de la intuición imaginativa, entender (lo que Vico llamaba entrare) los valores, ideales, formas de vida de otra cultura o sociedad, incluso de las remotas en el espacio o en el tiempo. Esos valores pueden resultarles inaceptables, pero si abren la mente lo suficiente pueden llegar a entender cómo era posible ser un ser humano pleno, con el que uno podría comunicarse, y vivir al mismo tiempo de acuerdo con valores muy diferentes de los propios, pero a los que sin embargo puede uno considerar valores, fines de la vida, cuya consecución puede permitir a los hombres realizarse plenamente.


«Yo prefiero café, tú prefieres champán, tenemos gustos diferentes, no hay más que decir.» Eso es relativismo. Pero el punto de vista de Vico, y el de Herder, no es ése, sino lo que yo describiría como pluralismo. Es decir, la idea de que hay muchos fines distintos que pueden perseguir los hombres y aun así ser plenamente racionales, hombres completos, capaces de entenderse entre ellos y simpatizar y extraer luz unos de otros, lo mismo que la obtenemos leyendo a Platón o las novelas del Japón medieval, que son mundos, puntos de vista, muy alejados del nuestro. Porque si no tuviésemos ningún valor en común con esas personalidades remotas cada civilización estaría encerrada en su propia burbuja impenetrable y no podríamos entenderlas en absoluto; a esto equivale la tipología de Spengler. La intercomunicación de las culturas en el tiempo y en el espacio sólo es posible porque lo que hace humanos a los hombres es común a ellas, y actúa como puente entre ellas. Pero nuestros valores son nuestros y los suyos son suyos. Tenemos libertad para criticar los valores de otras culturas, para condenarlos, pero no podemos pretender que no los entendemos en absoluto, o considerarlos sólo subjetivos, producto de criaturas de circunstancias diferentes con gustos diferentes a los nuestros, que no nos dicen nada.


Hay un mundo de valores objetivos. Me refiero con esto a esos fines que los hombres persiguen por interés propio, para los que las otras cosas son medios. No soy ciego a lo que los griegos estimaban, sus valores pueden no ser los míos, pero puedo entender lo que sería vivir iluminado por ellos, puedo admirarlos y respetarlos, e incluso imaginarme persiguiéndolos, pero no lo hago, y no deseo hacerlo y quizá no pudiese si lo desease. Las formas de vida difieren. Los fines, los principios morales, son muchos. Pero no infinitos: han de estar dentro del horizonte humano. Si no lo están, quedan fuera de la esfera humana. Si encuentro hombres que adoran a los árboles no porque sean símbolos de fertilidad o porque sean divinos, con una vida misteriosa y poderes propios, o porque este bosque está consagrado a Atenea, sino sólo porque están hechos de madera; y si cuando les pregunto por qué adoran la madera dicen: «porque es madera» y no dan más respuesta, yo ya no sé lo que quieren decir. Si fuesen humanos, no serían seres con los que yo pudiese comunicarme, hay una barrera real. No son humanos para mí. Ni siquiera puedo calificar sus valores de subjetivos si no puedo imaginar lo que sería intentar llevar ese tipo de vida.


Lo que es evidente es que los valores pueden chocar; por eso es por lo que las civilizaciones son incompatibles. Puede haber incompatibilidad entre culturas o entre grupos de la misma cultura o entre usted y yo. Usted cree que siempre hay que decir la verdad, pase lo que pase; yo no, porque creo que a veces puede ser demasiado doloroso o demasiado destructivo. Podemos discutir nuestros puntos de vista, podemos intentar encontrar un terreno común, pero al final lo que usted persigue puede no ser compatible con los fines a los que yo considero que he consagrado mi vida. Los valores pueden muy bien chocar dentro de un mismo individuo; y eso no significa que unos hayan de ser verdaderos y otros falsos. La justicia, la justicia rigurosa, es para algunas personas un valor absoluto, pero no es compatible con lo que pueden ser para ellas valores no menos fundamentales (la piedad, la compasión) en ciertos casos concretos.


La libertad y la igualdad figuran entre los objetivos primordiales perseguidos por los seres humanos a lo largo de muchos siglos; pero la libertad total para los lobos es la muerte para los corderos, la libertad total para los poderosos, los dotados, no es compatible con el derecho a una existencia decente de los débiles y menos dotados. Un artista, para crear una obra maestra, puede llevar una vida que hunda a su familia en el sufrimiento y la miseria a los que él es indiferente. Podemos condenarle y proclamar que la obra maestra debe sacrificarse a las necesidades humanas, o podemos ponernos de su parte, pero ambas actitudes encarnan valores que para algunos hombres o mujeres son fundamentales, y que son inteligibles para todos nosotros si tenemos alguna compasión o imaginación o comprensión de los seres humanos. La igualdad puede exigir que se limite la libertad de los que quieren dominar; la libertad (y sin una cierta cuantía de ella no hay elección y por tanto ninguna posibilidad de mantenerse humano tal como entendemos la palabra) puede tener que reducirse para dejar espacio al bienestar social, para alimentar al hambriento, vestir al desnudo, cobijar al que no tiene casa, para dejar espacio a la libertad de otros, para que pueda haber justicia o equidad.


Antígona se enfrenta a un dilema al que Sófocles da implícitamente una solución. Sartre da la contraria, mientras que Hegel propone «sublimación» a un cierto nivel más elevado... un pobre consuelo para los torturados por dilemas de este tenor. La espontaneidad, una cualidad humana maravillosa, no es compatible con la capacidad para la previsión organizada, para el cálculo delicado de qué y cuánto y dónde... del que puede depender en gran medida el bienestar de la sociedad. Todos tenemos noticia de las alternativas torturantes del pasado reciente. ¿Debe un individuo oponerse a una tiranía monstruosa cueste lo que cueste, a expensas de las vidas de sus padres o de sus hijos? ¿Se debe torturar a los niños para extraer información sobre traidores o delincuentes peligrosos?


Estas colisiones de valores son de la esencia de lo que son y de lo que somos. Si nos dijesen que esas contradicciones se resolverían en algún mundo perfecto en el que todas las cosas buenas pueden armonizarse por principio, entonces debemos responder, a los que dicen esto, que los significados que ellos asignan a los nombres que para nosotros denotan los valores contradictorios no son los nuestros. Hemos de decir que el mundo en el que lo que nosotros vemos como valores incompatibles no son contradictorios es un mundo absolutamente incomprensible para nosotros; que los principios que están armonizados en ese otro mundo no son los principios de los que tenemos conocimiento en nuestra vida cotidiana; si se han transformado, lo han hecho en conceptos que nosotros no conocemos en la tierra. Y es en la tierra donde vivimos, y es aquí donde debemos creer y actuar.


La noción del todo perfecto, la solución final, en la que todas las cosas coexisten, no sólo me parece inalcanzable (eso es una perogrullada) sino conceptualmente ininteligible; no sé qué se entiende por una armonía de este género. Algunos de los Grandes Bienes no pueden vivir juntos. Es una verdad conceptual. Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable. Felices los que viven bajo una disciplina que aceptan sin hacer preguntas, los que obedecen espontáneamente las órdenes de dirigentes, espirituales o temporales, cuya palabra aceptan sin vacilación como una ley inquebrantable; o los que han llegado, por métodos propios, a convicciones claras y firmes sobre qué hacer y qué ser que no admiten duda posible. Sólo puedo decir que los que descansan en el lecho de un dogma tan cómodo son víctimas de formas de miopía autoprovocada, de anteojeras que pueden proporcionar satisfacción pero no una comprensión de lo que es ser humano.





Baste esto por lo que toca a la objeción teórica, decisiva, creo yo, a la idea del estado perfecto como objetivo razonable de nuestros esfuerzos. Pero hay un obstáculo sociosicológico que se opone a esto además, un obstáculo que se puede plantear a aquellos cuya fe sencilla, de la que la humanidad se ha nutrido durante tanto tiempo, se resiste a todo género de argumentaciones filosóficas. No hay duda de que se pueden resolver algunos problemas, de que algunos males se pueden curar, en la vida social y en la individual. Podemos librar a los hombres del hambre o de la miseria o de la injusticia, podemos sacarles de la esclavitud o de la cárcel, y obrar bien con ello..., todos los hombres tienen un sentimiento básico del bien y el mal, pertenezcan a la cultura que pertenezcan; pero todo estudio de la sociedad muestra que cada solución crea una nueva situación que engendra necesidades y problemas nuevos propios, nuevas exigencias. Los hijos han obtenido lo que sus padres y abuelos anhelaban... mayor libertad, mayor bienestar material, una sociedad más justa; pero los viejos males se olvidan y los hijos se enfrentan a los nuevos problemas que traen consigo las propias soluciones de los viejos, y aunque también éstos puedan resolverse, generarán nuevas situaciones, y con ellas necesidades nuevas, y así sucesivamente, siempre, de modo impredecible.


No podemos legislar para las consecuencias desconocidas de consecuencias de consecuencias. Los marxistas nos dicen que una vez que se ha obtenido la victoria y se inicia la historia verdadera, los nuevos problemas que puedan surgir generarán sus propias soluciones, que podrán aplicar pacíficamente los poderes unidos de una sociedad armoniosa y sin clases. Esto a mí me parece un ejemplo de optimismo metafísico que carece por completo de base en la experiencia histórica. En una sociedad en la que se aceptan universalmente los mismos objetivos los problemas sólo pueden ser de medios, solucionables todos con métodos técnicos. Sería una sociedad en la que la vida interior del hombre, la imaginación moral, espiritual y estética, ya no hablaría. ¿Se debería destruir a hombres y mujeres y esclavizar sociedades para conseguir eso? Las utopías tienen su valor (nada expande tan maravillosamente como ellas los horizontes imaginativos de las potencialidades humanas) pero como guías a seguir pueden resultar literalmente fatales. Tenía razón Heráclito, las cosas no pueden estar quietas.


Mi conclusión es, por tanto, que la noción misma de una solución final no sólo es impracticable sino que, si yo no me equivoco y algunos valores no pueden sino chocar, es también incoherente. La posibilidad de una solución final (incluso si olvidamos el sentido terrible que estas palabras adquirieron en los tiempos de Hitler) resulta ser una ilusión; y una ilusión muy peligrosa. Pues si uno cree realmente que es posible solución semejante, es seguro que ningún coste sería excesivo para conseguir que se aplicase: lograr que la humanidad sea justa y feliz y creadora y armónica para siempre, ¿qué precio podría ser demasiado alto con tal de conseguirlo? Con tal de hacer esa tortilla, no puede haber, seguro, ningún límite en el número de huevos a romper. Ésa era la fe de Lenin, de Trotski, de Mao, y por lo que yo sé de Pol Pot. Puesto que yo conozco el único camino verdadero para solucionar definitivamente los problemas de la sociedad, sé en qué dirección debo guiar la caravana humana; y puesto que usted ignora lo que yo sé, no se le puede permitir que tenga libertad de elección ni aun de un ámbito mínimo, si es que se quiere lograr el objetivo. Usted afirma que cierta política determinada le hará más feliz o más libre o le dará espacio para respirar; pero yo sé que está usted equivocado, sé lo que necesita usted, lo que necesitan todos los hombres; y si hay resistencia debida a ignorancia o a maldad, hay que acabar con ella y puede que tengan que perecer cientos de miles para hacer a millones felices para siempre. ¿Qué elección nos queda a nosotros, que sabemos, sino la de estar dispuestos a sacrificarles?


Algunos profetas armados pretenden salvar a la humanidad, y otros sólo a su propia raza por sus atributos superiores, pero, sea cual sea el motivo, los millones sacrificados en guerras o revoluciones (cámaras de gas, gulag, genocidio, todas las monstruosidades por las que se recordará nuestro siglo) son el precio que ha de pagar el hombre por la felicidad de generaciones futuras. Si uno desea de verdad salvar a la humanidad, ha de endurecer el corazón y no pensar en costes.


Alexander Herzen, un radical ruso, dio la respuesta a esto hace más de un siglo. En su ensayo Desde la otra orilla, que es como una esquela necrológica de las revoluciones de 1848, dijo que en su época había surgido una nueva forma de sacrificio humano, el de seres humanos vivos en los altares de abstracciones: nación, iglesia, partido, clase, progreso, las fuerzas de la historia. Si estas abstracciones, que se invocaron todas en su época y se han invocado también en la nuestra, exigen sacrificios de seres humanos vivos, hay que satisfacerlas. Éstas son sus palabras:


«Si el objetivo es el progreso, ¿para quién estamos trabajando? Quién es este Molok que se retira cuando los que se esfuerzan afanosos se aproximan ya a él; y que no puede proporcionar más consuelo a las multitudes condenadas y exhaustas, que gritan morituri te salutant que... la respuesta burlona de que después de que se mueran todo será maravilloso en este mundo. ¿Deseas verdaderamente condenar a los seres humanos vivos hoy al triste papel... de desdichados galeotes que, con la basura hasta las rodillas, arrastran una embarcación... con... "progreso en el futuro" escrito en su bandera?...; un objetivo que es infinitamente remoto no es un objetivo, es sólo... un engaño; un objetivo debe hallarse más cerca... en el salario del trabajador como mínimo o en satisfacción en el trabajo realizado.»


De lo único que podemos estar seguros es de la realidad del sacrificio, la muerte de los muertos. Pero el ideal por el que mueren sigue sin hacerse realidad. Se han roto ya los huevos, y el hábito de romperlos crece, pero la tortilla sigue siendo invisible. Los sacrificios por objetivos a corto plazo, la coerción, si la situación de los individuos es desesperada y exige realmente esas medidas, puede estar justificada. Pero el holocausto por objetivos lejanos es una burla cruel de todo lo que los hombres juzgan estimable, ahora y en todas las épocas.





Si la antigua y perenne creencia en la posibilidad de materializar la armonía definitiva es una falacia y las posiciones de los pensadores a los que he apelado (Maquiavelo, Vico, Herder, Herzen) son válidas, entonces, si admitimos que los Grandes Bienes pueden chocar, que algunos de ellos no pueden vivir juntos, aunque sí puedan otros; en suma, que uno no puede tenerlo todo, en la teoría además de en la práctica; y si la creatividad humana ha de basarse en una diversidad de elecciones que sean mutuamente excluyentes, entonces, como preguntaban en tiempos de Chernishevski y Lenin: «¿Qué hay que hacer?» ¿Cómo elegir entre posibilidades? ¿Qué y cuánto ha de sacrificarse a qué? Yo creo que no hay una respuesta clara. Pero las colisiones, aunque no puedan evitarse, se pueden suavizar. Las pretensiones pueden equilibrarse, se puede llegar a compromisos: en situaciones concretas no todas las pretensiones tienen igual fuerza, tanta cuantía de libertad y tanta de igualdad, tanto de aguda condena moral y tanto de comprensión de una determinada situación humana; tanto de aplicación plena de la ley y tanto de la prerrogativa de clemencia; tanto de dar de comer a los hambrientos, de vestir al desnudo, curar al enfermo, cobijar al que no tiene techo. Deben establecerse prioridades, nunca definitivas y absolutas.


La primera obligación pública es evitar el sufrimiento extremo. Las revoluciones, guerras, asesinatos, las medidas extremas, pueden ser necesarias en situaciones desesperadas. Pero la historia nos enseña que sus consecuencias pocas veces son las previstas; no hay ninguna garantía, a veces ni siquiera una probabilidad lo suficientemente grande, de que estos actos traigan una mejora. Podemos correr el riesgo de la actuación drástica, en la vida personal o en la política pública, pero debemos tener en cuenta siempre, no olvidarlo nunca, que podemos estar equivocados, que la seguridad respecto a los efectos de tales medidas conduce invariablemente a un sufrimiento evitable de los inocentes. Tenemos que estar dispuestos, por tanto, a hacer eso que llaman concesiones mutuas: normas, valores, principios, deben ceder unos ante otros en grados variables en situaciones específicas. Las soluciones utilitarias son erróneas a veces, pero yo sospecho que son beneficiosas con mayor frecuencia. Lo preferible es, como norma general, mantener un equilibrio precario que impida la aparición de situaciones desesperadas, de alternativas insoportables. Ésa es la primera condición para una sociedad decente; una sociedad por la que podemos luchar siempre, teniendo como guía el ámbito limitado de nuestros conocimientos, e incluso de nuestra comprensión imperfecta de los individuos y de las sociedades. Es muy necesaria una cierta humildad en estos asuntos.


Esto puede parecer una solución bastante insulsa, no es el tipo de propuesta por la que el joven idealista estaría dispuesto, en caso necesario, a luchar y sufrir en pro de una sociedad nueva y más noble. Y no debemos, por supuesto, exagerar la incompatibilidad de valores: hay un gran espacio de amplio acuerdo entre miembros de sociedades distintas a la largo de grandes períodos de tiempo acerca de lo cierto y lo falso, del bien y del mal. Tradiciones, puntos de vista y actitudes pueden diferir, claro, legítimamente; puede haber principios generales que prescindan en exceso de las necesidades humanas. La situación concreta es la más importante. No hay salida: debemos decidir cuando decidimos; no se puede evitar a veces correr riesgos morales. Lo único que podemos pedir es que no se desdeñe ninguno de los factores importantes, que los objetivos que pretendemos se consideren elementos de una forma de vida total, a la que las decisiones pueden favorecer o perjudicar.


Pero, en último término, no es algo que dependa de un juicio puramente subjetivo: viene dictado por las formas de vida de la sociedad a la que uno pertenece, una sociedad entre otras, con unos valores compartidos, hállense o no en conflicto, por la mayor parte de la humanidad a la largo de la historia escrita. Hay, si no valores universales, sí al menos un mínimo sin el que las sociedades difícilmente podrían sobrevivir. Pocos querrían defender hoy la esclavitud o el asesinato ritual o las cámaras de gas nazis o la tortura de seres humanos por gusto o por provecho o incluso por el bien político; o que los hijos tengan la obligación de denunciar a sus padres, cosa que exigieron las revoluciones francesa y rusa, o el asesinato irracional. No hay nada que justifique transigir con eso. Pero, por otra parte, la búsqueda de la perfección me parece una receta para derramar sangre, que no es mejor ni aunque lo pidan los idealistas más sinceros, los más puros de corazón. No ha habido moralista más riguroso que Immanuel Kant, pero hasta él dijo, en un momento de iluminación: «De la madera torcida de la humanidad no se hizo nunca ninguna cosa recta». Meter a la gente a la fuerza en los uniformes impecables que exigen planes en los que se cree dogmáticamente es casi siempre un camino que lleva a la inhumanidad. No podemos hacer más de lo que podemos: pero eso debemos hacerlo, a pesar de las dificultades.


Habrá choques sociales y políticos, claro; el simple conflicto de los valores positivos por sí solo hace que esto sea inevitable. Pero pueden, creo, reducirse al mínimo promoviendo y manteniendo un inquieto equilibrio, constantemente amenazado y que hay que restaurar constantemente...; sólo eso, insisto, constituye la condición previa para unas sociedades decentes y un comportamiento moral aceptable, de otro modo nos extraviaremos sin remedio. ¿Un poco insípido como solución, diréis? ¿Que no es de ese material del que están hechas las llamadas a la acción de los dirigentes inspirados? Sin embargo, si hay algo de verdad en este punto de vista, quizás eso baste. Un eminente filósofo americano de nuestro tiempo dijo una vez: «No hay una razón a priori para suponer que la verdad resulte, cuando se descubre, necesariamente interesante». Puede bastar que sea verdad, o incluso con que se aproxime a ella; no me siento, pues, afligido por propugnar esto. La verdad, dijo Tolstoi en la novela con la que empecé [Guerra y Paz], es lo más hermoso que hay en este mundo. No sé si es así en el terreno de la ética, pero a mí me parece que se aproxima suficiente a lo que la mayoría queremos creer para que no se deje a un lado con excesiva ligereza.



Isaiah Berlin, El fuste torcido de la humanidad